Esta es un escrito del periodista Daniel Matamala que publicá el diario La Tercera y donde se expone la forma irrespuetuosa de uno de los ministros del régimen de Sebastián Piñera, respecto a los niños, a los estudiantes, a las familias y profesores y profesoras.


En el caso de los profesores, llama la atención que busquen por todas formas no trabajar, es un caso único en el mundo y yo diría que de estudio”.

Incluso para un gobierno tan propenso a declaraciones destempladas, la frase del ministro de Economía, el ingeniero comercial Lucas Palacios, sorprendió por su falta de empatía. Porque el año que pasó, miles de profesores se quemaron las pestañas intentando realizar clases virtuales, aprendiendo nuevas metodologías, luchando con barreras tecnológicas y convirtiendo sus propias casas en improvisadas aulas. Aunque el senador Iván Moreira, uno que hubiera aprovechado bien poner más atención en clases, diga que “han estado de vacaciones todo el año”.

Palacios aclaró que todo fue un malentendido. Que no se refería “a los profesores”, sino “al Colegio de Profesores”, una explicación que también dice mucho. ¿Acusaría alguna autoridad a los dueños de camiones de “no querer trabajar” por sus frecuentes paros? ¿Dirían eso de las entidades empresariales cuando exigen todo tipo de garantías como condición para invertir?

¿Por qué ciertas autoridades sí se permiten con los profesores esta falta de respeto, esta mala educación?

La sociedad chilena se llena la boca relevando la importancia de los docentes, pero les paga sueldos bajos comparados con casi cualquier profesional; celebra el Día del Profesor pero los hace trabajar con contratos hasta diciembre o como “profesores taxi” para ganarse la vida; recuerda con admiración a Pedro Aguirre Cerda, pero desde 1938 nunca más eligió a un profesor como Presidente.

Para la clase dirigente, los pedagogos son bichos raros. Son profesionales, sí, pero de otro origen social y otro pasar económico. No ejercen el poder, ni en su propio ámbito. A todos nos parece evidente que el ministro de Hacienda debe ser economista; el de Justicia, abogado; y el de Salud, médico. Pero los profesores ministros de Educación son escasos; los últimos diez han sido abogados (cinco), economistas (dos), ingenieros comerciales (dos) o asistentes sociales (una).

Este gobierno convirtió ese desdén histórico en hostilidad. El Presidente designó ministro a su amigo Gerardo Varela, un abogado y director de empresas que duró cinco meses en el cargo, tras lamentarse que “todos los días recibo reclamos de gente que quiere que el ministerio le arregle el techo de un colegio que tiene goteras, o una sala de clases que tiene el piso malo. Y yo me pregunto: ¿por qué no hacen un bingo?”.

Lo sucedió otra abogada, Marcela Cubillos, quien decidió convertir al ministerio en una trinchera. Se negó por semanas a conversar con el presidente del Colegio de Profesores, Mario Aguilar, mientras este lideraba un extenso paro, acusándolo, al estilo de Palacios y Moreira, de usar “excusas para no volver a trabajar”.